El año no acabó bien, aún así todos esos buenos deseos generan la esperanza de que el siguiente sea mejor. Pero no fue así, debe ser que todas esas felicitaciones no son de verdad.
Ya el día 1 las cosas se complican un poco más.
Van pasando los días que se convierten en meses, de los que yo no me doy cuenta hasta que debo arrancar las hojas del calendario.
Las cosas no mejoran pero aparece un rayo de luz. Vuelvo a respirar, y duele. Duele respirar así, con cierta seguridad, pero mi cuerpo lo agradece. Todo por un rayo de luz.
Dicen... dicen que la esperanza es lo último que se pierde, sí, y creo que es así porque la esperanza va creciendo dentro de nosotros. Se alimenta de nuestros sueños y de nuestras ilusiones... por eso cuando ese rayo de luz desaparece. Duele mucho más. Duele ver desaparecer esos planes que aunque hipotéticos se estaban empezando a formar. Duele ver como la oportunidad de que las cosas empiecen a cambiar se vuelve a ir. Duele ver la cara de decepción. Duele no ser capaz de respirar. Duele tener que buscar otra ilusión por la que seguir luchando, cuando tantas otras han quedado rotas por el camino. Duele no poder hacer nada para recuperar esas ilusiones. Duele no poder hacer nada para cambiar las cosas porque hay cosas que no están en tus manos. Duele ver como pasa el tiempo y todo sigue igual, si no peor.
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